Es domingo y sus padres llevan a Matilda al hospital.
Van a visitar a su abuela.
Preparó un dibujo donde están ellas dos de la mano, con un árbol y flores.
En la puerta de la habitación se detiene.
Es en ese momento donde entiende que se tiene que despedir.
La limitación de su edad le dificulta este proceso, pero se acerca a esa cama, con un libro en su falda y se sienta en la silla a la izquierda de su abuela.
Comienza a leer en voz alta, intentando devolverle a Divina el consuelo que ella tantas veces le ofreció.
Cuando terminó el cuento le dió un beso y salió de la habitación.
No sirvieron los intentos de sus padres de hacerla regresar.
Ella los esperó frente a la puerta de la habitación, en ese pasillo, con monjas que vienen y van.
Comenzó a sentir bronca. El odio se instaló en su espalda.
La Divina se tenía que ir y ella, con todo lo que la quería, no lo podía evitar.
Al regresar a su casa, tuvo una explosión de miedo y angustia. No hubo forma de calmarla durante horas.
Esa abuela de ojos chinos y sonrisa abierta se iba de su vida.
El vacío era demasiado grande para alguien tan pequeño.
En su cama, ya de noche, con La Divina se encontró. A su manera, en privado, se despidió.
Preparó un dibujo donde están ellas dos de la mano, con un árbol y flores.
En la puerta de la habitación se detiene.
Es en ese momento donde entiende que se tiene que despedir.
La limitación de su edad le dificulta este proceso, pero se acerca a esa cama, con un libro en su falda y se sienta en la silla a la izquierda de su abuela.
Comienza a leer en voz alta, intentando devolverle a Divina el consuelo que ella tantas veces le ofreció.
Cuando terminó el cuento le dió un beso y salió de la habitación.
No sirvieron los intentos de sus padres de hacerla regresar.
Ella los esperó frente a la puerta de la habitación, en ese pasillo, con monjas que vienen y van.
Comenzó a sentir bronca. El odio se instaló en su espalda.
La Divina se tenía que ir y ella, con todo lo que la quería, no lo podía evitar.
Al regresar a su casa, tuvo una explosión de miedo y angustia. No hubo forma de calmarla durante horas.
Esa abuela de ojos chinos y sonrisa abierta se iba de su vida.
El vacío era demasiado grande para alguien tan pequeño.
En su cama, ya de noche, con La Divina se encontró. A su manera, en privado, se despidió.