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lunes, 27 de julio de 2009

La furia


Es domingo y sus padres llevan a Matilda al hospital.
Van a visitar a su abuela.
Preparó un dibujo donde están ellas dos de la mano, con un árbol y flores.
En la puerta de la habitación se detiene.
Es en ese momento donde entiende que se tiene que despedir.
La limitación de su edad le dificulta este proceso, pero se acerca a esa cama, con un libro en su falda y se sienta en la silla a la izquierda de su abuela.
Comienza a leer en voz alta, intentando devolverle a Divina el consuelo que ella tantas veces le ofreció.
Cuando terminó el cuento le dió un beso y salió de la habitación.
No sirvieron los intentos de sus padres de hacerla regresar.
Ella los esperó frente a la puerta de la habitación, en ese pasillo, con monjas que vienen y van.
Comenzó a sentir bronca. El odio se instaló en su espalda.
La Divina se tenía que ir y ella, con todo lo que la quería, no lo podía evitar.
Al regresar a su casa, tuvo una explosión de miedo y angustia. No hubo forma de calmarla durante horas.
Esa abuela de ojos chinos y sonrisa abierta se iba de su vida.
El vacío era demasiado grande para alguien tan pequeño.
En su cama, ya de noche, con La Divina se encontró. A su manera, en privado, se despidió.

lunes, 6 de julio de 2009

Al Colón.


En todo Buenos Aires no se habla de otra cosa. La gran bailarina Maia Plissetskaia va a bailar en el Teatro Colón.
Matilda está entusiasmada porque Nenucha le prometió que la va a llevar a la función.
El abuelo tiene un amigo, que a un palco lo invita.
A la función del domingo a la tarde van los tres.
La entrada a ese teatro es única, con sus molduras doradas y sus lámparas llenas de pequeñas luces que a Matilda la hacen sentir princesa.
Está lleno de gente vestida de fiesta, de gesto serio y culturoso.
A Matilda la boca no le alcanza para la sonrisa que proyecta.
A la izquierda de ellas se ubica una señora muy espigada en su silla de ruedas.
Matilda se la queda mirando y su abuela al oído le indica que no debe mirar así.
La mujer se da por aludida, y con Matilda comienza a charlar.
Es una ex bailarina del teatro donde están.
Por problemas de cadera en silla de ruedas anda por la vida, "son los costos de esta profesión" le explica amorosamente a la niña. Matilda se queda ensimismada. En sus ocho años no entiende mucho la explicación.
En ese momento las luces comienzan a encenderse y apagarse repetidas veces.
Su abuela le explica que están avisando el comienzo de la función.
Matilda se transporta a un estado de concentración que sólo vio interrumpido con algún comentario que Nenucha le hacía.
La música, las luces, los vestidos de las bailarinas, los colores que se combinaban y hacían un todo que llenaban el alma de esa niña.
Sus ojos no se abrían lo suficiente para captar todo lo que la rodeaba.
Esos telones que aún de tan lejos transmitían perfectamente la calidez del terciopelo con que estaban hechos.
En el escenario las coreografías de los bailarines, que entraban y salían, en aparente espontaneidad atrapaban al espectador con sincronizada actuación.
El momento cúlmine fue cuando todo terminó, los telones se cerraron y la gente de pie siguió en el aplauso.
El elenco volvió a aparecer y de los palcos cercanos al escenario rosas les arrojaron.
La sala estaba inundada de gente gritando "Bravo".
A Matilda las palmas de las manos le dolían al intentar expresar toda la alegría y entusiasmo que sentía con su aplauso.
A su abuela le prometió que alguna vez ella trabajaría en un teatro así.
Cómo se llama el que pinta esos telones tan lindos abuela?
Y el que hace esos vestidos, plagados de brillos y fruncidos tan delicados?
"Son escenógrafos. Matilda".
Eso quería ser, cuando sea grande.
A partir de ahí las cincomilochoscientas veces que le preguntaron, "Que querés ser cuando seas grande?" hasta que fue grande y no le quedó otra que ser, siempre contestaba lo mismo.
"Quiero dibujar telones y vestidos de bailarinas.
Quiero dibujar magia hecha colores y texturas."













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lunes, 29 de junio de 2009

Los collares


Matilda está por unos días en la casa de sus abuelos.
Lo más divertido de estar ahí, es que siempre hay un tío , tía, primo o prima de visita.
En el almuerzo, primero sirven un tazón de caldo.
Su abuelo le pone tanto queso rallado, que el líquido es blanco y espeso.
A ella le divierte que nadie lo reta por la cantidad de queso que agrega al caldo.
A la mañana, apenas abre un ojo, al lado de la cama encuentra el jugo de naranja que le dejó su abuelo.
El se levanta temprano para ir a la feria.
Antes de salir, exprime jugo de naranja y deja un vaso de plástico, de esos de yogurth, al lado de cada cama.
Ese jugo con mucha pulpa, alguna semilla y un tanto ácido, es el más rico que jamás haya tomado.
El cuarto de sus abuelos está vedado.
A veces Nenucha la deja entrar y charlan sentadas en su cama.
Le cuenta historias de cuando era chica, de su papá y sus tíos, del campo, del abuelo, de sus viajes.
Nenucha siempre tiene una historia para contar.
Empieza a hablar y no se detiene a tomar aire hasta que la voz es sólo un hilo finito.
A veces le deja a Matilda ordenar las cajas llenas de collares y pulseras.
Nenucha tiene una sonrisa hermosa, que precede a la carcajada fácil que posee.
Sus labios siempre tienen rouge.
Las uñas limadas en punta, en general coral, rosa o rojo.
Tiene los anillos más hermosos que matilda nunca haya visto.
Mientras su abuela prepara el almuerzo, Matilda se entretiene poniendo la mesa.
Cuando su abuelo llega, viene con alguna sorpresita para Matilda y unas flores para Nenucha.

jueves, 25 de junio de 2009

chicle jirafa


Hoy está la Divina de visita en la casa de Matilda. Juntas van a comprar unas galletitas para la hora de tomar la leche.
Recorren las dos cuadras hasta la galería comercial.
La galletitería es un negocio pequeño, atestado de cajas de lata con un redondel de plástico transparente en su frente.
Matilda adora ir a ese negocio. Siempre hay demasiada gente para el pequeño espacio.
La dueña se pone una bolsa en la mano a modo de guante, y va buscando las cajas, segun el deseo del cliente.
Con una chapa de unos diez centrímetros retira la tapa de la caja.
Empieza a llenar una bolsa con la mercancía, y la va pesando en esa balanza blanca y negra.
Casi está en el exacto peso, una vez puesta la bolsa en la balanza.
Su abuela pide un cuarto de triangulitos de hojaldre, de esos que tienen azúcar quemada arriba.
Matilda la trata de convencer de comprar merengadas pero terminan negociando un chicle jirafa. En su casa tiene prohibido comer chicles.
Salen del negocio y mientras su abuela hace unas compras en la verdulería y la panadería, Matilda va engullendo todo el chicle jirafa, hasta que la bola es tan grande que, practicamente, no puede cerrar su boca.
Cuando vuelven, matilda se desprende del chicle en la vereda.
En el ascensor le sonríe a su abuela.
En su boca todavía siente el gusto a chicle.
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jueves, 18 de junio de 2009

La siesta.



En detalle: "El jardín de Alcira" (2008) 1,50 x 1,20 m.

Matilda está en el departamento de sus abuelos . Es la hora de la siesta.
Su abuelo dice que él no duerme, él medita.
Los ronquidos que se escuchan en la cocina, lo contradicen.
Matilda trepa a la mesada de la cocina y comienza a abrir las puertas de las alacenas de fórmica naranja.
En esa cocina siempre hay olor a queso y frutas.
Lo que más la divierte es descubrir qué hay en las bolsitas dentro de otra bolsa dentro de un frasco que alguna vez tuvo dulce de membrillo.
Encuentra la puerta de la alacena donde están los recipientes de plástico redondos y transparentes con las galletitas.
En la casa de Nenucha sólo hay dos clases de galletitas: criollitas y bizcochitos de grasa.
A veces, un paquete de vainillas.
En la cocina de su abuela, siempre hay una palangana verde rectangular rellena de agua con lavandina , y en ese líquido permanece toda la fruta y alguna verdura en remojo hasta comerla.
Está puesta bajo un mueble en el piso.
Nunca entendió la explicación de Nenucha al respecto, pero a Matilda la entretiene muchísimo revisar el recipiente y hundir las manzanas, los pomelos o las mandarinas, que vuelven eyectadas una y otra vez a la superficie derramando un poco de agua en el trayecto.
Este juego siempre es interrumpido por algún mayor .
Matilda abre la heladera.
Con los ojos cerrados inspira.
Hay olor a queso y fiambres.
El fiambre está puesto directamente en la heladera, envuelto en el papel agrisado de la Feria.
Matilda siente el olor del salame antes de inspeccionar que trajo su abuelo esta vez.
Selecciona una feta de jamón cocido y una de salame , hace un rollito y lo come así, sin pan, sin queso.
Lo sostiene entre sus dedos índice y gordo, y lo va comiendo sentada en la mesada de esa cocina en penumbras, con las piernas cruzadas suspendidas en el aire, que balancea una y otra vez.
Mientras está ahí escucha a su abuelo levantarse, en unos minutos comenzarán con los mates antes que El vuelva a la Feria.
Después de expediciones como las de hoy, Matilda queda con dolor de panza por un rato.
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miércoles, 10 de junio de 2009

La mantilla




En detalle: "El jardín de Alcira" (2008) 1,50 x 1,20 m.





En la casa de campo reunidas están Matilda, su abuela y una hermana de ésta.
Matilda disfruta de espiar la charla larga entre hermanas.
Le toca de vez en cuando uno de esos mates calientes y dulces.
Mientras, se va hipnotizando con las voces de esas mujeres.
Su cabeza, como es costumbre, está demasiado despierta y
se va llenando de imágenes que todavía no puede procesar para su edad.
En un momento, la hermana de Nenucha comienza a reír,
intenta contar una anécdota de su abuela a Matilda.
El ataque de risa hace que el relato se vea interrumpido
hasta provocar que las dos espectadoras también rían,
sin tener muy en claro porqué.
Entre suspiros y lágrimas que se secan,
con un mate recomienza la historia.
Su abuela es muy joven en este recuerdo,
es Domingo como hoy, y para asistir a misa se arregla.
en realidad se arregla por que sabe que va a estar ahí
un jovencito muy serio que después va a ser su abuelo-Pedro.
Ella utilizó un postizo para dar volumen a su peinado.
Encara la calle de tierra que ensucia sus zapatos.
La carterita negra a medio brazo colgada.
Lo divisa a él de lejos, y su pulso se acelera.
Es tanta la emoción que no presta atención a un árbol con ramas
que cuelgan más bajas que las demás.
Su postizo en una rama quedó,
y el horror en el rostro de Nenucha se reflejó.
Fue rápidamente salvada por su hermana, la narradora,
que en un reflejo rápido le pasó la mantilla negra tapando su cabeza,
Esa misma mantilla, que hoy Matilda usa para disfrazarse
de princesa con sus primas en la casa de la abuela.




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jueves, 4 de junio de 2009

La puerta

En detalle: "Flores para la muky" (2007) 1,10 x 1,40 m.




Es de noche y sigue con su abuela en el campo.
A la hora de dormir las acomodan en un cuarto.
Hay tres camas ocupadas por otros visitantes,
Nenucha ocupa una cama que aún está vacía
y a matilda le toca un colchón en el suelo.
Con todas las emociones del día,
se rinde rápidamente a la inconciencia del sueño.
A mitad de la noche despierta sobresaltada,
toma conciencia, por primera vez desde que llegó,
que no está en su casa.
La habitación está demasiado oscura
para lo que a ella le gusta.
Escucha la conversación de ronquidos
emitidos por los adultos ahí dormidos,
y por unos minutos con eso se entretiene.
Para no dejarse llevar por la desesperación,
intenta memorizar el aspecto del cuarto en el que está.
Sabe que tiene techos muy altos,
las paredes pintadas a la cal.
Los pisos son de madera muy viejos,
que hacen ruidos raros al caminar.
Las ventanas tienen hojas de madera macizas
que a matilda abrirlas, se le complica.
Su respiración se detiene,
al recordar que está en ese cuarto.
Con una prima tercera,
descubrió una puerta trampa en el piso.
Las temerarias en excursión avanzaron.
Llegando a mitad de la escalera.
Había olor a viejo y tierra y no se podía ver nada.
La imaginación fue mucho más grande de lo tolerable,
Matilda sobre sus pasos volvió, gritando de terror.
Lo que tenía ganas de hacer ahora mismo.
Se volvió a calmar cuando le pareció escuchar
que aquella puerta del piso se abría,
ella al estar en el colchón, sin una cama de protección,
era quien corría el mayor riesgo en esa habitación.
No pudo más y empezó a imitar un llanto.
Se sentía muy rara fingiendo que lloraba.
Una de las mujeres encendió una luz,
extrañás a tus papis?, le preguntó.
Matilda con la cabeza afirmó .
El pasaporte directo a compartir
la cama con Nenucha se ganó.




















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lunes, 1 de junio de 2009

La sed.

En detalle: "Flores de una noche de verano" (2008) 1,50 x 1,00 m.


Matilda está en el campo. Viajó con su abuela al pueblo de dónde es su familia.
En ese lugar su abuela es más Nenucha que en cualquier otro lado.
Al sol descansan las figuras que modeló con barro y pasto.
Tiene las zapatillas de cuero blanco totalmente embarradas.
Está concentrada tratando de liberar a su calzado del barro con un palito.
Todo parece detenido. Las sombras no se mueven.
El sol derrite todo a su alrededor.
Espanta distraída con su mano derecha unas mosquitas que se acercan demasiado a su nariz.
Tiene sed, pero la casa queda lejos. No tiene ganas de volver aún.
Imagina el líquido corriendo por su garganta, eliminando toda la tierra que parece haberse adueñado de Matilda.
Siente sus labios secos.
Percibe un movimiento al costado de su cara. Es un panadero que Matilda atrapa entre sus dedos. Le quita, delicadamente, la semilla que está alojada en el centro y lo suelta dejándolo flotar una vez más.
A lo lejos una cotorra se queja. Matilda decide volver a la casa.
Necesita un vaso de agua, si es soda mejor.
A unos metros de la casa empieza a escuchar las voces de la interminable sobremesa de los mayores.
Traspasa la cortina de flecos de plástico de todos colores.
En un primer momento le cuesta reaccionar. Está demasiado oscuro a comparación del exterior.
Una vez sus ojos se acostumbran a la luz del ambiente, se acerca a su abuela.
Uno de sus tíos tiene un vaso servido frente a él.
El vidrio está transpirando, empañado, por la temperatura del líquido que contiene.
Matilda observa el vaso sintiéndo más sed que nunca.
Parece soda, es transparente y con burbujas. Imagina el sifón de metal gris.
Las cosquillas en su nariz que provocan las burbujas de la soda recién servida en el vaso.
A lo mejor es sprite, especula ilusionada, ya que le gusta más.
Pide permiso al dueño de ese vaso y encara el líquido deseado.
Para corresponder a la sed que siente, vierte el contenido del vaso en su boca, casi sin respirar.
Grande fue su sorpresa cuando su garganta se vio invadida por un sabor demasiado amargo como para evitar las primeras arcadas de rechazo con el vaso aún en contacto con su boca.
No era soda lo que contenía, era agua tónica.
Salió corriendo al baño, entre las risotadas de los mayores que habían percibido su desengaño.


jueves, 28 de mayo de 2009

La Divina

En detalle: "El jardín de Alcira" (2008) 1,50 x 1,20 m.



Matilda está en la casa de su abuela, La Divina.
Así la llamaba su abuelo,al que no conoció.
Es un sólo ambiente donde el dormitorio,
de la zona social,
está separado por un mueble.
Está durmiendo en la cama supletoria,
y se despierta con ruidos.
Se asoma y espía.
Está La Divina con Porota y Víctor,
un matrimonio amigo de su abuela.
El, muy formal, con traje a rayas
y pañuelo blanco en el bolsillo frontal.
Ella, de voz nasal, pelo blanquísimo
y una mancha de nacimiento en la piel,
cerca de su ojo izquierdo.
Los ve de pie, ante esa mesa redonda.
Están tomando un licor.
La abuela, siempre estaba con un licorcito.
La introdujo a Matilda,
en el vicio del oporto, a esta edad.
La yema de huevo crudo en una taza con azúcar y oporto
y a batirlo, con una cuchara, con mucha fuerza...
Son de esos sabores de la infancia que son ricos ahí, en el recuerdo.
Están los tres riendo.
No hay música, pero en ese momento,
a Matilda le parece escuchar una melodía.
Es el efecto de las risas de Porota y Divina.
Su abuela, está Fumando!.
Es la primera vez que la ve hacerlo.
En ese preciso instante, Matilda tiene la certeza
de estar viendo a su abuela como mujer.
Con la necesidad de una mujer. Con la risa de una mujer.
Esa noche la descubió. Descubrió a La Divina.
Hoy ya adulta, Matilda revive frecuentemente esta imagen.
Se siente cercana a ella. Está más acompañada que nunca por su abuela.
En este recuerdo, de mujer a mujer.


























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jueves, 21 de mayo de 2009

Nenucha

En detalle: "El jardín de Alcira" (2008) 1,50 x 1,20 m.



Hoy domingo Matilda está contenta.
Después del almuerzo su otra abuela, Nenucha,
la pasa a buscar para ir a pasear.
Tienen las mismas ganas de vida,
Nenucha y Matilda.
Se parecen en el hambre de vida que tienen.
A los Bosques de Palermo juntas se van.
La propuesta es la siguiente,
iniciarla en los secretos del yoga su abuela quiere.
Y ahí están las dos,
en medio de un paisaje dominguero.
Tarde de sol de invierno en Buenos Aires,
el parque lleno de autos estacionados en el césped.
Los ocupantes sacan los asientos al pasto,
sentados tertulean tomando mate con facturas.
De fondo, se hacen uno, los sonidos de música
con el relato del partido de fútbol por la radio,
Se genera un efecto discordante.
Y ahí están las dos, aisladas de todo,
practicando respiración.
Nenucha adopta una determinada posición,
Matilda la imita perdiendo el equilibrio.
Cae al piso riendo,
sabiéndose totalmente feliz de estar ahí con ella.
La clase introductoria no fue tan satisfactoria
como Nenucha imaginó, pero su nieta está satisfecha,
sentada al sol con ella.
Está comiendo un pirulín color
rojo y verde tornasolado
que Nenucha le compró.
Matilda está un rato intentando
despegar de sus dientes
el caramelo a medio procesar.
Cuando a su casa vuelve tiene la ropa
sucia de tierra y pasto
y esa cara de plenitud que acompaña
a sus mejillas rosadas por el sol.











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miércoles, 20 de mayo de 2009

El hilo de plata

Imagen: "El hilo de la vida" (2008) 0,80 x 0,80 m.



Matilda tiene ocho años.
En su casa están todos de sobremesa.
La tía y su abuela están de visita.
Ella busca una excusa y se refugia en su cuarto.
Necesita pensar.
En el aire de su casa hay sensación a muerte.
Ella no entiende muy bien ese descubrimiento.
Lo más cercano a ese concepto es el recuerdo de un abuelo que no conoció.
Pero el dolor de la ausencia no se hizo carne en ella, ese abuelo es un concepto como áfrica.
Cuando le hablaron de ese continente en su clase, le dio curiosidad, le generó tristeza las historias de su pobreza pero no pudo hacer suyo el continente, es abstracto como su abuelo.
Se acuesta en su cama.
Los brazos cruzados bajo su cabeza.
Piensa en ese abuelo, la imagen es de una foto carnet en color sepia.
Gesto serio, bigote finito pero no transmite nada hacia ella.
No sonríe, no está triste, sólo está.
Se pregunta que se sentirá estar muerto, como será el despegarse de ese cuerpo.
Se imagina saliendo de su cuerpo.
Se ve en ese cuerpo, que le parece pequeño, en ese cuarto que perdió referencias para ella.
Ve a sus padres, su abuela y su tía hablando, totalmente ajenos a lo que está sucediendo.
Empieza a flotar cada vez más alto, traspasa el todo y se encuentra en una nada.
Siente algo que la une a su cuerpo y le impresiona sentirse tan liviana.
Se intranquiliza al verse tan cómoda, la angustia va tomando forma.
Abruptamente vuelve a ese cuerpo tan pequeño.
Empieza a llorar con hipos y mocos, como cuando se hizo la frutilla en la rodilla hace dos días.
Llora por ella, por su abuelo.
Su abuela va a su cuarto, le apoya una mano en la cabeza.
Empieza a hablarle suave, muy despacio.
Tu abuelo tambien tenía sueños de muerte.
Pensaba en eso todo el tiempo y se angustiaba.
No tengas miedo, no pasa nada.





















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lunes, 18 de mayo de 2009

Matilda


Están los cuatro sentados en la arena. Entre todos no suman veinte años.
Miran ese mar infinito que se funde con el cielo.
El reflejo del sol les hace entrecerrar los ojos, arrugando esas narices con pecas.
En sus bocas hay vestigios del helado que le compraron a ese vendedor que va gritando
¡ lloren chicos, lloren; pídanle a papi un helado!.
No son concientes de los ruidos de gente que los rodea.
En sus manos toman arena mojada y la dejan caer haciendo montañitas
a lo largo de esas piernas de rodillas huesudas y moretones.
Cuando las cubren, utilizan el palito del helado de agua,
para afeitarles esa arena.
Una y otra vez repiten el juego.
Hablan entre ellos maravillados de descubrir su cuerpo.
El sol les calienta los hombros.
Les tira la piel de la nariz al secarse la sal del agua del mar.
Uno de ellos se relame, y siente el gusto agridulce
de la mezcla de esa sal con los restos del palito de frutilla que comió.
Están plenos, libres y felices. Es ese momento donde nada falta.
El pelo húmedo y duro le hace picar la espalda a Matilda.
Los cuatro sentados, espaldas de hombros estrechos encorvados, transmiten ternura a sus padres que los observan.
Son buenos chicos, ellos se saben buenos.
La llamada de una de las madres los interrumpe en su ritual.
Con desgano, dejan de lado la tarea, y se van a la zona de carpas.
Mañana será otro día de ganas de jugar en el mar.